Los días y las horas se aproximan para ese día que tendemos a revestir de valor y especialidad: el aniversario. Los preparativos están ya casi listos. Tanto uno como el otro esperan con ilusión ese preciado día. ¡El día ha llegado! Él pasa por ella y espera y espera y espera y espera… Resulta que ella se puso a hacer otras cosas y de ahí su gran retraso. Él, ya no se siente muy cómodo por haber esperado demasiado tiempo: “¿A quién le gusta esperar casi dos horas?” Llegan al lujoso restaurante, ¡y sorpresa! El lugar se encuentra lleno y él no hizo la reservación porque se le olvidó por tantas ocupaciones que tiene: ambos tienen que esperar a que se desocupe una mesa. Por fin de desocupa una mesa y pasan a sentarse. En la mesa, no hay romance ni pasión, sólo incomodidad y silencios incómodos. Entonces… empiezan a tirarse la bolita, a culparse unos a otros:
- Ella: ¿Por qué no hiciste las reservaciones? ¿Por qué siempre se te olvidan estas cosas?
- Él: ¿Siempre? Mira quién habla. ¿Por qué siempre tengo que esperarte? ¿Acaso no sabes que mi tiempo también es valioso?
- Ella: Esto es tu culpa, ahora tienes que arreglarlo.
- Él: ¡No!, tú empezaste haciéndome esperar mucho tiempo.
Ya te imaginarás cómo ha de terminar esto… Pero eso es otra historia…
El hombre le contestó a Dios:
—La mujer que tú me diste fue quien me dio del fruto, y yo lo comí.
Entonces el Señor Dios le preguntó a la mujer:
—¿Qué has hecho?
—La serpiente me engañó —contestó ella—. Por eso comí.
Génesis 3:12-13
Haber desobedecido a Dios tuvo gravísimas consecuencias. Adán y Eva empezaron a considerarse como indignos de culpabilidad, así que la salida fácil fue desplazar su culpa y responsabilidad por sus actos a alguien más… Detrás de un no reconocer nuestros errores y culpabilidad, se encuentra el peor enemigo que a través de los siglos tiene la horrorosa capacidad de destruir relaciones: el orgullo. “¿Yo?” Es un pensamiento común cuando nos encuentran con las manos en la masa. Nos cuesta reconocer que efectivamente, la regamos. Pero el orgullo, además de manifestarse como un “Yo no fui”, también lo observamos en un “No te perdono”. Dando por sentado que el ser humano a través de la desobediencia de Adán y Eva es orgulloso a más no poder, cuando en contra de su naturaleza reconoce su culpabilidad, por otro lado, le cuesta aún más perdonar. El rencor y el resentimiento por la ofensa y culpa del otro, producto del terrible orgullo, deteriora y destroza las relaciones. Dada nuestra actual condición humana, más que reconocer nuestra culpa, pedir perdón y dar perdón, debemos ser humildes. La humildad hace que reconozcamos nuestra culpabilidad y errores, nos vuelca a pedir perdón y otorgarlo. Podemos decir, que así como en el post pasado, la historia sería otra si ante la pregunta de Dios hacia el hombre y la mujer, ellos hubiesen dicho: “Sí, comimos del fruto prohibido. Lo reconocemos. ¡Perdónanos!”
¿Cuál es la solución para rescatar, sanar y mantener una relación? Ser humildes. ¿Cómo podemos serlo? Empecemos por hacernos un concepto más realista de nosotros mismos, aprendamos a reconocer nuestros errores y cuando por nuestra culpa algunas cosas suceden, así como ser más tolerantes con los demás y aceptar que las demás personas por más que se esfuercen de alguna u otra forma la regaran. Ser orgulloso es pensar y actuar como si fuésemos perfectos. Ser humildes es reconocernos a nosotros y a los demás como lo que somos: personas con cualidades y defectos.







Recent Comments